¿Ya te lo sabes?

JUAN, LAS NOTAS Y LAS BRONCAS

A partir de febrero, la pregunta ¿ya te lo sabes? es una de las que más se oye por las tardes en las casas.

Juan tiene 14 años sus notas académicas este curso han sido un desastre, es más fácil contar las que ha aprobado que las que ha suspendido. Esta tónica viene siendo habitual en los últimos cursos.  Sus padres nos dicen que en casa, a excepción del estudio, no tienen ninguna dificultad con él. Más bien todo lo contrario lo definen como un chaval excepcional: “Su comportamiento es ejemplar”. Ni siquiera tienen con él las discusiones que tan frecuentemente les cuentan otros padres.

“Me voy a esforzar en la siguiente evaluación” dice mientras agacha la cabeza. “Nos da la razón, y nos promete que en la próxima evaluación se va a esforzar más” comentan sus padres. Pero evaluación tras evaluación se repite la misma cantinela en casa de Juan. Sus padres lo han intentado todo, pero nada les ha funcionado. “Es un vago” “no le gusta esforzase” describen sus padres.

El tema del fracaso escolar es uno de los que más preocupa a los padres. En muchas ocasiones se culpan buscando algo que hayan hecho mal. En otras  se enfurecen calificando a su hijo de vago. Pero la realidad es que cuando el rendimiento del chaval  no es el esperado para la edad y el curso al que pertenece, en la mayoría de los casos hay un problema relacionado con la motivación y/o habito de estudio.

Este era el caso de Juan. Etiquetado como vago por sus padres, actuaba en consecuencia “soy un vago haga lo que haga. Para qué esforzarme y trabajar”. Creer “a pies juntillas” esta idea, era una de las razones que le imposibilitaba avanzar en sus estudios. Evaluamos las capacidades (intelectuales y emocionales) de Juan y no  encontramos ningún obstáculo que le impidiera mejorar el rendimiento actual. Se trataba de una falta de interés y gran aburrimiento hacia todo lo relacionado con lo escolar. La experiencia nos permite calificar este  dificultad de bastante común entre los jóvenes españoles que sufren fracaso escolar, siendo uno de los retos fundamentales del sistema educativo español actual (en cifras globales, 1 de cada 4 alumnos españoles sufren fracaso escolar*).

“¿Qué hacemos?” preguntaban los padres. Era evidente que el tiempo que dedicada Juan a los estudios no era efectivo y tendría que cambiar su método de estudio. Pero también ellos tenían que cambiar el chip para dejar de centrar su toda atención en las notas de Juan y empezar a valorar el esfuerzo que hacía.

Reforzar su esfuerzo

“Pero su obligación es estudiar, no tengo que darle nada a cambio de que saque buenas notas” nos comentaba la madre. De acuerdo, pero esa fase es posterior.  Si el objetivo es que mejore sus resultados académicos hay que empezar premiando el esfuerzo. Cuando no se hace así, se corre el riesgo de que la desmotivación le lleve al abandono de los estudios. O empezaban a tratar el tema de manera diferente o no habría cambios en la situación actual. Acordamos con ellos que lo primero era reforzar su dedicación, no sus resultados.  Para ello establecimos el siguiente plan:

  • A diario después de terminar las tareas podría elegir entre: una hora de ordenador, de videojuegos o de tele.
  • Durante las primeras semanas concedieron privilegios que premiaran su esfuerzo: “Juan podrás ir al cine el sábado si durante toda la semana has terminado tus tareas”.
  • Durante las semanas siguientes aumentaron con una bonificación su dedicación: “si además de tus tareas, estudias 30 min al día, el fin de semana iras al cine con tus amigos y te daré dinero para que vayas a cenar con ellos al Burger”.

Al principio y hasta que Juan fue adquiriendo el habito,  hubo que revisar a diario que hubiese cumplido con su parte para poder conseguir las actividades. Pero con el tiempo se espaciaron las revisiones. Poco a poco, Juan fue responsabilizándose de sus tareas y negociaron premios a largo plazo. Un mes cumpliendo con el horario y acabando las tareas podía suponer para Juan asistir al espectáculo de American Motor Show que tanto le gustaba. Transcurridos un par de  trimestres, ya no era necesario  premiar su esfuerzo más que a largo plazo. De hecho a Juan le encantaba la posibilidad de hacer un curso de vela que conseguiría en verano si sus notas (ahora era el momento de introducir el rendimiento) mejoraban a final de curso. Como planteó la madre de Juan, entendió que cumplir con sus obligaciones tenía recompensas que le agradaban entre las que describió: “me llevo mejor con mis padres”, “me siento capaz de aprobar” o “aunque estudiar es un rollo creo que las matemáticas no se me dan mal.”

Coordinarse con el colegio

Visitaron al tutor, conocieron el funcionamiento de Juan en clase y buscaron junto con los profesores de que manera podían ayudar a su hijo desde casa. Llegaron a los siguientes: acuerdos. Al principio, le exigirían que terminase un mínimo de tareas que marcó el colegio, para poco a poco ir aumentándolo. También acordaron que la agenda se convertiría en una vía de comunicación entre todos y Juan se comprometió a anotar a diario todo el trabajo a realizar.

Entrenar con Juan unos correctos hábitos de estudio

  • Hicimos un horario de estudio realista, donde se incluía un descanso de 10 minutos por cada hora de estudio. Las primeras semanas fue más que suficiente media hora diaria de tareas y 15 minutos de estudio. Cuando este horario estuvo conseguido se amplió a razón de 15 minutos la semana. Hasta conseguir el objetivo: obtener el mayor rendimiento en el menor tiempo.
  • Elegir y acondicionar un lugar propicio para el estudio. Despejar su mesa de comics, revistas, películas, libros. Únicamente habría en su mesa lo que Juan necesitara para hacer los deberes.
  • Se comprometió a acudir a unas clases que tenían lugar en el colegio donde trataban las técnicas de estudio: aprendió a resumir, esquematizar, memorizar,…

Disminuir las distracciones

Que si ahora me llama un amigo, que si tengo cinco conversaciones por whatsapps, que si tengo hambre, ahora me hago pis, que si voy a comprarme un boli…. Todo esto ocurría cuando Juan se ponía delante de los libros. Siempre había algo más importante que atender frente al estudio. De esta manera era imposible que Juan pudiese adelantar en sus tareas ¡Ni estando tres horas delante de los libros! Al final de la tarde tenía la sensación de haber estado estudiando horas sin que le rindiera.

Durante los primeros días de aplicación del nuevo plan, le propusimos que anotara en una hoja todas las interrupciones que tenia a lo largo de su tiempo de estudio. Esta actividad le hizo consciente lo que se entorpecía su trabajo y el tiempo que perdía en atenderlas: “no son tres horas de estudio, es media hora de trabajo y dos y media de recaditos”, decía. Juan eligió cómo solucionar las distracciones que mermaban su concentración apoyándose en este listado:

 

  • Silenciar el móvil o dejarlo fuera de la habitación de estudio
  • Dejar el recado de que sus amigos llamen más tarde.
  • Dejar para el final todas las tareas que requirieran de consulta.
  • Preparar el material antes de sentarse a trabajar.
  • Las sensaciones de hambre y sueño suelen tener que ver con ganas de levantarse de la silla, procurar seguir concentrado y respirar hondo un par de veces para relajarse, oxigenarse y continuar.
  • Llevarse una botella de agua a la habitación.

 

Aun controlado todo esto, estar delante del libro no siempre asegura que se esté prestando atención a lo que allí pone. “¿Y si me pongo a pensar en otra cosa?” Preguntaba Juan. En ese momento le propusimos la siguiente técnica: dar  un golpe en la mesa, decir “stop” y anotar en un papel aquel tema que le había distraído. Y solo  cuando terminase la tarea o en un descanso, podría dedicar tiempo a pensar en eso que le interrumpió.

 

Y para aquellos momentos en los que no se veía capaz de avanzar por que creía que las cosas no le saldrían bien, las frases de ánimo fueron las gran aliadas “voy a poder” “lo estoy haciendo bien”… Frases que escribió en varios pos-it y colgó en su nuevo corcho al lado del horario escolar y las recompensas al esfuerzo negociadas con sus padres.

 

 

Y empezaron a cambiar su actitud:

Para hacerlo, discutimos muchas de las premisas que traían sobre Juan. Los primeros resultados al aplicar las pautas que propusimos fueron el detonante que les hizo modificar su punto de vista sobre cuestiones como:

  • Juan era más que un alumno, era un hijo con un comportamiento excepcional, amigo de sus amigos, deportista, cariñoso etc… Cuando sus padres realizaron el listado de todo lo que su hijo era, además de estudiante, se emocionaron.

El problema es que centrar las conversaciones en el tema de las notas les hacía difícil pensar en disfrutar de su hijo y la vida familiar. Para cambiar esta actitud, los padres dedicarían todos los días un tiempo a hablar de otras cuestiones ¿Qué planes tenia para el fin de semana?,  ¿Qué comida podríamos preparar el sábado para los abuelos?, el frio que ha hecho hoy o lo que se habían enterado por el padre de María, cualquier tema a excepción de los estudios.

 

  • Había que adaptar las expectativas a la realidad: “o aprueba todo o nada” no era el objetivo que debían plantearse con su hijo en este momento. En las conversaciones con Juan aparecieron frases como: “veo que te estás esforzando y llevas todas las tareas hechas al día”, “has aprobado la mitad de los exámenes, está claro que estás trabajando”.

 

  • “Entre semana no queremos que utilice los videojuegos ni el ordenador” pero, si él cumple con su parte, hay que hacer cesiones. “Hay cosas innegociables” decían los padres de Juan. No parece que un rato de ocio tras el trabajo lo sea ¿no es lo que hacemos todos?

 

  • “quiero que estudie por que le guste y no por salir el fin de semana o el regalo de fin de curso”. Ya llegará ese momento, es nuestro objetivo. Para conseguirlo ahora hay que buscar alicientes a esa actividad que tanto le aburre. Por muy gratificante que sea tu trabajo, no sé si estarías dispuesto a ir todos los días sin cobrar a fin de mes.

 

  • Animarle, frases del tipo: “lo vas a conseguir” “animo” “vas a poder con lo que te has propuesto” fueron sustituyendo comentarios como: “eres un vago” “no vas a ser nadie en la vida” “vamos, venga estudia”.

 

  • Estaban pendiente de cualquier avance en temas escolares y por pequeño que fuese se lo hacían ver. Cualquier cambio era sinónimo de que las cosas empezaban a funcionar de manera diferente
  • Cambiaron la manera de definir el problema, la conducta es la que hay que señalar, no a Juan, en lugar de definirle como “vago”, le hablaban en los siguientes términos “tienes que esforzarte más”.
  • Además, aceptaron que su hijo no era el estudiante que habrían querido tener. Reflexionaron acerca de las expectativas que sobre el futuro de Juan se había forjado, para reconocer que no habían tenido en cuenta lo que su hijo quería, ni sus características personales. Pactaron no pensar más que en el futuro inmediato y dejar que Juan les fuera sorprendiendo con sus propios planes de futuro. Les tranquilizó descubrir la capacidad de esfuerzo de su hijo y mantuvieron la pauta de decirle al menos tres cosas al día que hubiese hecho y por las que se sintiesen orgullosos.

 

Con los meses Juan mejoro su rendimiento. Pero sobretodo, cambió su actitud hacia el estudio ya no era de apatía, desgana y desilusión. Al final de curso sus calificaciones habían mejorado notablemente y le permitieron irse al curso de vela que tanto le gustaba.

Ramos-Paul R. y Torres L. Un extraño en casa…tiembla llegó la adolescencia. Madrid. 2014. Aguilar. Cáp 6

Author: admin

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