¿PADRES PERFECTOS O PADRES FELICES?

Hay que elegir entre ser padres perfectos o padres felices. Seamos realistas: los padres no somos superhéroes, ni falta que hace. Por mucho empeño que pongamos, a veces no es posible abarcarlo todo, y no pasa nada si alguna vez fallamos en algo o dejamos alguna tarea pendiente.

Nuestros hijos no quieren que seamos padres perfectos y todo lo hagamos bien; prefieren tranquilos y contentos, dispuestos a compartir cada día un rato de juego con ellos, quieren padres felices.

Lo peor de vivir en un mundo de prisas y estrés es que se entra fácilmente en una espiral de la que cuesta salir. Parece que no hay remedio, que poco se puede hacer para cambiar la situación.  Pero, si nos paramos a pensar, seguro que hay cosas que se pueden modificar para introducir un poco de calma en nuestras agitadas vidas.

 

Delegar, compartir, planificar

Depende por completo de nosotros hacerlo. ¿Por qué no reorganizar la vida doméstica? Busquemos  descargarnos de tareas simplificando las cosas.

 Algunas ideas:

  • Tareas a compartir.

Un buen punto de partida puede ser hacer un listado de los quehaceres que cada uno realiza, a lo largo del día o de la semana, en beneficio de la familia. No es cuestión de establecer una competición ni de colgarse medallas; se trata de ver cómo contribuye cada uno a la buena marcha de la empresa familiar, con vistas a lograr un reparto de tareas más equitativo.

  • Responsabilidades a medias.

Porque lo estresante no es sólo realizar infinidad de tareas, sino organizar el día a día. En cualquier empresa se paga mejor al trabajador que dirige y da órdenes que al que realiza un trabajo manual, por duro que sea. En el ámbito doméstico, en cambio, hay un montón de tareas que consumen tiempo y energía pero que resultan invisibles para los demás miembros de la familia: planificar los menús, hacer la lista de la compra, acordarse de las vacunas de los niños, pedir cita para las revisiones médicas, entrevistarse con los profesores, planificar las coladas, acordarse de llevar a la mascota al veterinario, etc. Tener que organizar todo lo referente a la casa y los niños puede ser agotador. Esto también puede y debe repartirse.

No hay que descartar la posibilidad de contratar ayuda externa, no importa que sólo sean unas pocas horas a la semana o al mes. Puede encargarse de las faenas más ingratas: planchar, limpiar a fondo la cocina, los baños, etc.

  •  Confianza en los demás.

No es posible compartir si antes no se está dispuesto a delegar. Hay que desterrar la idea de que nadie lo hará mejor que nosotros.

  • Los niños pueden ayudar.

Todos los miembros de la familia deberían tener obligaciones, incluidos los hijos. Ellos también pueden echar una mano con tareas a su medida. Doblar y guardar el pijama cada mañana, meter el tazón de desayuno en el lavaplatos o poner otro rollo de papel higiénico cuando se acaba son acciones sencillas que ahorran tiempo y crean un buen hábito.

  •  Exteriorizar los sentimientos.

A veces el simple hecho de expresar cómo nos sentimos y qué nos preocupa ayuda a rebajar el nivel de estrés. Si no podemos compartir con la pareja nuestras inquietudes, tal vez podamos contar con algún amigo o familiar cercano. Hablar con otros padres también puede ser útil: reconforta saber que otras personas pasan por lo mismo que nosotros.

  • Establecer prioridades.

Si no es posible llegar a todo, procuremos distinguir entre lo verdaderamente importante y lo que no lo es tanto. Al final del día, preparar la cena a los niños es imprescindible, pero a lo mejor la colada puede esperar al día siguiente. La cita con el pediatra no puede posponerse, pero ¿pasa algo si la niña falta un día a su clase de ballet?

  •  Ser positivos.

No seamos tan exigentes con nosotros mismos. Intentemos ver el lado positivo de las cosas. No pensemos siempre en todo lo que queda por hacer sino en todo lo que ya hemos hecho.

  •  Cuidar la relación de pareja.

Los hijos consumen tanto tiempo y energía que a los padres les cuesta encontrar momentos para estar a solas. Pero hay que buscar la manera. Seguro que en nuestro entorno existen personas (los abuelos, una amiga de confianza…) dispuestas a echar una mano, a quedarse con los niños una tarde o incluso un fin de semana. Y no debemos sentirnos culpables por ello.

  •  Tiempo para uno mismo.

Para darse un baño, hacer deporte, leer o simplemente tumbarse a descansar. Todo el mundo necesita tomarse un respiro de vez en cuando. Lo ideal sería reservarse un tiempo todos los días para relajarse y hacer algo que nos guste. De vez en cuando también podemos darnos el lujo de salir, mientras los niños se quedan con la pareja. Aunque sólo sea una vez al mes, poder hacer actividades que nos gustan (ir de compras, al cine o quedar con amigos) es una excelente terapia antiestrés.

Recuerda: tu hijo prefiere un padre feliz que un padre perfecto ¡Invierte tu energía en conseguirlo!

Author: admin

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